..
..
..
..

19.8.09

Nubosidad variable, de Carmen Martín Gaite.

[...] Lo que no sabes, porque a partir de eso empezó mi distanciamiento contigo, es lo que me cambió la vida aquella primera pena de amor, todavía llevo la marca. Luego, a fuerza de pasarme una y otra vez la película, he entendido que fue una pena de amor doble y que por eso me dolió tanto. Lo más grave no fue que Guillermo me dejara de la noche a la mañana sin dar explicaciones, sino que no me las dieras tú tampoco, que las tenías todas. Tardé en saber que las tenías, y no lo supe por ti, tardé en entender por qué estabas rara conmigo, por qué huías con los ojos a otra parte cuando me veías triste, en aceptar tus silencios. Tú también sufrirías, supongo. Y hasta incluso más. Ahora sé por mis estudios y por confidencias del diván que las cosas que no se aclaran a su debido tiempo van formando como un muro de escoria porosa que enseguida se empieza a solidificar hasta que al final no hay piqueta que lo derribe. La pared de mampostería, sí, exactamente eso. Un dique fraguado con cemento de cobardía e inercia, que acaba impidiendo el paso a una relación antaño transparente. Se obstruyen los conductos de la tubería y se va almacenando por dentro mucha mierda, aunque no lo sepamos porque tarde en oler. Lo malo, además, de esas tuberías del alma es que se localizan mal y que no sirve cualquier fontanero, tiene que ser uno muy especializado.

Acuérdate de aquella frase de Eclesiastés que tanto nos gustaba: <<¿Quien ennegreció el oro? ¿Por qué el oro fino perdió su brillo?>>. Yo me lo preguntaba mucho a lo largo de aquella primavera en que nuestro oro fino se ennegreció, y eran porqués sin respuesta; yo misma en el fondo no quería buscarla, tenía miedo de hurgar en lo que habría podido darme una respuesta fea. Así que me limitaba a complacerme en mi papel de víctima maltratada por el destino. Luego, cuando me enteré de lo que estaba pasando, tuve una reacción inesperada.

Me lo dijo Julia Rodrigo al salir de clase de Anatomía, que te había visto besándote con Guillermo por el bosquecillo. Lo que sentí ya lo describió Bécquer, y con qué propiedad, que no sé por qué dicen que Bécquer es cursi: <<Cuando me lo contaron, sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas>>. Pero fue cosa de instantes. Enseguida me salió el superego, como un domador implacable, y me mandó ajustarme la careta, que no temblara la voz, ¡allez hop!, a saltar ahora mismo por ese aro de fuego limpiamente, sin babear.

[...] No se puede querer todo y pérdidas tiene que haberlas siempre, aunque unas sean más irreparables que otras. Yo, en cierto sentido, capitalicé tu pérdida, me doy cuenta de que suena horrible, pero fue un poco eso lo que pasó.

1 comentario:

  1. Siempre que se produce una herida, el dolor pasa y la cicatriz perdura.
    Es así, y cada vez actuamos con mas cautela,
    pero el riesgo de sufrir una nueva esta ahí

    ResponderEliminar